Campaniles

jueves, 24 de octubre de 2013

DE PALABRERA a ESCUCHADORA



59/2013
Yo era Abogada
Yo era Abogada, -“ejerciente” por más señas- que es lo mismo que decir que yo misma CREÉ como una irremediable Palabrera.
Conseguí ser Abogada con un esfuerzo infinito, con una ilusión desbordante, con una obstinación de material ignífugo a prueba de incendios. Con una especie de contrato conmigo misma titulado “para siempre”, sin alcanzar a entender que esa cláusula era incompatible con el vivir y crecer diario. (Y también inconciliable con un artículo del Código Civil “de cuyo nombre no quiero acordarme” que consagra la nulidad de los contratos indefinidos, sin que a estas alturas haya alcanzado a definir el sentido de  la indefinición legal del Código).
Tengo que confesar que, después de haber sido Maestra por esos pueblos de Dios, no fue fácil hacer el camino de las aulas a edad avanzada, para tener derecho a vestirme de negro y sentarme en estrados “a la altura de los Puñeteros Administradores de La Ley”, y obtener la venia para echar por mi boca todos los sapos y culebras que mi zoo interno se cuidaba de incubar, adecentar, alimentar, nutrir y cebar con celo de hembra.
¡Ah, Señor! Ya se sabe que los  animales de granja tienen un solo destino: engordar para morir. Y los pleitos –ahora lo sé- no son otra cosa que animales de granja que suelen ser sacrificados en el matadero de las togas. Eso cuando no se convierten en carnaza para carroñeros.
Como empecé diciendo, Yo era Abogada porque me creé a mí misma como tal.
Curiosamente, la paradoja de todo  CREADOR reside en que, una vez concluida, jamás está satisfecho de  su obra. Pero tampoco se atreve a destruirla, y convierte su vida en un perpetuo hacer y deshacer con mañas que parecieran sacadas del mismísimo mito de Perseo y Ariadna.
Quiero aclarar que, lejos de denostar mi oficio de Jurista, o de desterrar a la Abogada que yo creé a mis pechos, he conseguido construir sobre los firmes cimientos de mis ruinosas creencias sobre lo legal y lo justo. Fue un día en que la batalla forense había sido emponzoñada por el virus de la marrullería y de las prisas. Ese día, cuando estaba en plena faena de ariete, dispuesta a dar el tiro de gracia en la nuca de los argumentos de mi oponente, me pareció ver que La Vieja Dama Ciega se levantaba la venda guiñándome el único ojo que había dejado al descubierto, urgiéndome a mirar hacia el estupor compartido de los verdaderos contendientes. Me quedé sin palabras ante tanta perplejidad y resolví dejar de hablar o de pensar en la próxima genialidad con la que debería rematar la faena. Decidí dejar de decir, y pararme a escuchar lo que se decía en mi entorno. Entonces, ordené mis papeles, cerré mi carpeta de los truenos y, no sin antes solicitarme a mí misma la venia, pero sin esperar a dármela, me levanté de estrados y salí a la calle aún vestida con la negra toga.
No estoy muy segura de que fuera justamente ese día cuando comprendí algo tan simple como que el mundo de la Administración de Justicia es una imperiosa necesidad en cualquier convivencia, pero que, a estas alturas, está más que necesitada de tiempos muertos, silencios reflexivos y, sobre todo, de nuevas y más luminosas vestiduras.
Me explico: siendo Abogada al uso, cada vez que me estaba poniendo la toga, tenía una extraña sensación de alboroto adrenalina y alborozo de “voy a hundir al enemigo”,  tal como debían sentirse ‑pensaba yo- los toreros cuando, delante de un altar de cien mil vírgenes,  se calzan el vestido de luces y agarran los trastos de matar, o cuando los caballeros feudales, con su honor entre las piernas abiertas a horcajadas sobre sus yeguas, se enfundaban en su armadura, dispuestos a  sanear las escoceduras de sus ingles en una Justa (curiosa palabra ¿no?, para juego tan feroz) a vida o muerte
Con el tiempo, llegué a la conclusión de que vestirse la toga es como recibir un sacramento: imprime carácter. Me transforma en una palabrera resabiada; soy puro parloteo remedando un dolor, que no por ser ajeno es menos cierto; una locuaz facundia que me desfigura, me aliena, me hace ajena a mí misma, dejo de ser yo, me trasfigura.
¡Duele!
Al final, siempre duele.
Porque, como sucedía en los cosos donde se lidia la bravura del toro, o en los palenques donde se ventilaban las Justas caballerescas, en el territorio de Estrados siempre tiene que haber un muerto y un vivo; un vencedor, pero también un vencido. O, en el mejor de los casos, la bronca acaba en tablas, pero los contendientes son devueltos a los corrales malheridos. A veces, heridos de muerte, sin que la Vieja Dama Ciega sea capaz de quitarse la venda de los ojos, convertir en pañuelo de percal su anacrónica túnica de seda, y enjugar con él las heridas de quien por ella se batió en desigual duelo.
Sin embargo, yo podría jurar que a mí La Vieja Dama Ciega fue la que me guiñó un ojo mostrándome lo esencial de su tarea y la puerta de salida de un aire tan espesado ya. La escapatoria a tan dolorosa situación no tiene más que dos caminos –creo que me dijo, aunque no sé precisar con qué palabras-: o convertirse en un DESCREÍDO de sí mismo y dejar la labor abandonada en el cesto de costura, y los patrones hechos mil pedazos en el fondo de la papelera, o renovar su CREENCIA para volver a CREAR.
A la Dama de encima de mi mesa le he regalado plumas amarillas para vestir su espada.
¿En cuanto a mi?
Ahora soy ESCUCHADORA que es más que oír, y mucho más que decir de lo mío.

En CasaChina. En un 24 de Octubre de 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario