77/2013
Querido mío:
Dentro de pocos días hará un año que lo dejamos.
Mejor dicho: que me dejaste.
Así. Sin más explicaciones.
Ahora sé que, cuando se cumpla ese primer año en despoblado, habré
aprendido yo sola más de lo que aprendí contigo durante nuestros 33 años de
matrimonio –que ya es decir.
No te guardo rencor por irte con esa inevitable “otra”; con la irreversible.
Porque nadie puede –ni debe- retener a quien necesita irse definitivamente.
Pero tampoco está bien que alguien se empeñe en arrastrar a quien quiere
quedarse cuando aún le resta tarea por hacer.
Por eso, para que me entiendas, necesito contarte algo antes de que empieces a echarme de menos.
Anoche, antes de irme a la cama, me bebí el último vaso de leche que me
quedaba en el frigorífico, sin poder disfrutarlo siquiera porque, mientras lo
apuraba, no dejaba de pensar en qué sería lo que iba a desayunar hoy.
Esta mañana, refugiada en este piso pequeñajo que antes imaginamos
nuestro, que ahora okupo como si fuera mío –y que pudiera ser que acabe siendo
de cualquier Banco de los que están engordando como becerros con esto de la
crisis-, esta mañana, ‑decía- me desperté soñando con vacas y con lluvia. Ya más
despierta, me eché a recular en mis bucólicas querencias, pensando en la
trabajera que debe ser lo de ordeñar vacas, y en lo triste que debe resultar lo
de dormir a la intemperie, bajo la lluvia de las noches de invierno, cuando los
nublos impiden ver las estrellas.
Al azar, (que nunca lo es) escribí en un buscador de Internet las
palabras "leche y agua", cuando lo que quería realmente escribir era
lo que escribo sin parar desde que te largaste: “AJO…derse y AGUA…ntarse”. Lo que pasa es que las cosas suceden
como deben suceder; y escribí –lapsus linguae- LECHE y AGUA.
¡No te lo vas a creer! Inmediatamente apareció el enlace que, a falta
de leche migada de pan que compartir contigo, te dejo aquí pegado, para que no
te sientas tan vocativo y tan solo, estando tan rodeado de ti mismo:
Si, desde donde quiera que estés, puedes ver películas, entenderás que
haya tomado una decisión:
¿Ahogarme en
leche? ¡No, gracias! –Como gritaría Cirano-.
Así que entenderás que haya decidido dejar de repartir con tu sombra
el último vaso de leche de antes de dormirme cuando tan necesitada estoy de
mantenerme yo. Me dejaste demasiadas tareas sin rematar, y que requieren de
todas mis energías para poder vadear lo que me queda de vida sin hundirme, ni
poco, ni mucho, ni nada. ¡No; gracias!
Si quieres, puedes quedarte con la vaca. Hace ya tiempo que no tengo
corral, y mi espacio se me va quedando chico para animal tan ambicioso.
Prefiero renunciar a esa flaca compañía antes que seguir compartiendo mi
precioso y siempre escaso tiempo con añoranzas de un pasado ya inexistente.
Detesto la idea de acabar ahogada en llanto. ¡No; gracias!
¿Sed? ¡Pues claro!; como todo ser humano que sigue comiéndose la vida.
Pero, sorbo a sorbo, voy aprendiendo a calmarla bebiéndome mis propias
lágrimas.
No insistas: ni la vaca ni tú me vais a convencer de que me lance al
agua.
La vaca no deja de ser un espejismo, una figuración engordada con pienso
adulterado, que eligió quedarse encerrada en su corral, en su propia isla,
aunque eso le costara acabar con las patas por alto, antes que dignarse acudir
al desespero de mi llamada cuando ya apenas daba leche: ¡Vacaaaaaaaa,
vacaaaaaa!
Y tú, después de lo que tú y yo
sabemos de nuestro génesis particular, con sus tiempos de vacas gordas y sus tiempos
vacas flacas, me pienso yo que ya no debieras estar para andar haciéndome
guiños con tus inmensos ojos sombreados por esas bellísimas pestañas bobinas
que “la otra” te ha dibujado. ¿O es que
hasta en el Cielo –en el que sin duda debes estar- sigues conservando tu negro
sentido del humor?
Pues eso: que olvidarte, no te voy a olvidar. Es imposible. Pero ir a
buscarte y a rogarte, tampoco. Así que va siendo tiempo de darnos el adiós definitivo
en este mundo y quedar como buenos amigos que pueden seguir contándose cosas
sin guardarse viejos rencores.
Se nos acabaron los afanes comunes.
Tú, a lo tuyo, que es
descansar. Que me place.
Y yo, a lo mío, que es seguir viva. Que me plugo y espero que me plega
nuevamente.
¿Luego?
Dios dirá. Ya te iré contando.
En CasaChina. En un 1 de Diciembre de 2013
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